Historia


En 2008 un grupo de humanistas de diversa profesión, edad y procedencia afincados en Málaga se reúne con el objeto de establecer una asociación que favorezca el estudio, fomento y difusión de los valores humanísticos. 

Dicha organización se concreta en la Sociedad Erasmiana de Málaga, registrada legalmente el 27‐10‐2008, cuyas siglas (SEMA) reúnen el vocablo griego que da «sentido» y «significado» a la entidad y a su quehacer ante la sociedad malagueña a la que pretende servir.

Su fin primordial no será sólo el estudio de la obra de Erasmo de Rotterdam –lo que la haría exclusivamente «erasmista»–, sino que, tomando a éste como referente y ejemplo de profundo saber e independencia de juicio, busca –en una época de semejantes características a las suyas– recuperar los valores del individuo, difuminados y diluidos en una sociedad de masas.

Erasmo de Rotterdam (1469‐1536) vive el descubrimiento del (nuevo) mundo (su redondez, dimensiones y diversidad de pueblos), del cosmos (Copérnico, 1473‐ 1543; Galileo, 1564‐1642), y el redescubrimiento del hombre tras la larga teocracia medieval. Estas maravillosas perspectivas no impiden, sin embargo, que el individuo europeo se vea perseguido hasta lo más íntimo por unas interminables guerras de religión (Francia, la Saint‐ Barthélémy, 1572), una inquisición de triple signo (católica, luterana y anglicana) y otras arbitrariedades de difícil calificación (la caza de brujas en el Imperio Germánico).En España hasta los reformadores Teresa de Jesús y Juan de la Cruz –luego santos– sufrieron persecución inquisitorial bajo acusación de «erasmistas», es decir, de independencia de juicio y vivencia íntima de la religión, sin exhibición (siguiendo sobre todo a T. de Kempis). 

Hoy, en el siglo XXI, aquel mundo ensanchado se ha reducido paradójicamente a una «aldea global», en parte por los pujantes medios de comunicación actuales, en parte por las dimensiones del propio cosmos: nuestra Tierra es tan sólo un punto perdido en un universo aún por definir. 
  
 
¿Y el hombre individuo? Empezó a dejar de interesar con la sociología y la ciencia positiva. Hasta Auguste Comte (1798‐1857), creador de ambas, los ansiosos del conocer se habían llamado sabios (los Siete de Grecia) o amantes de la sabiduría, filósofos. El propio Isaac Newton (1643‐1727) por tal setenía y con él acaba la larga tradición occidental que un día empezara oficialmente en los presocráticos.

La ciencia, del latín scio > scientia, lleva la misma raíz de «escindir», y en ello basa su conocimiento: en separar, discernir, analizar –aná: de abajo arriba– todo aquello que «se pone» al alcance de los sentidos. Tal proceder, que ha permitido increíbles avances en el conocimiento de la constitución física y el funcionamiento de todos los seres del universo, ha dejado al hombre en la sala de disección, olvidando recomponerlo. No es su objetivo. Para la ciencia positiva el hombre no es un referente (pantómetro), sino un objeto más de estudio.

Contra lo que suele ser común lenguaje, sin embargo, las ciencias, lejos de oponerse a las humanidades, forman parte de ellas. Dicho de otro modo, las humanidades no se oponen a las ciencias, sino a las «divinidades». Éstas son derivadas de la inspiración y manifestación divina y no cabe discutirlas sino sólo tratar de entenderlas y acatarlas como objeto de fe. Las ciencias experimentales, en cambio, son parte de la actividad humana y la cosecha de conocimientos que permiten no hace sino completar la que el hombre consigue con el uso exclusivo de la razón. Ambas conforman las dos caras de las humanidades. 

El humanismo necesita tanto de la capacidad diseccionadora de la ciencia experimental como de la capacidad integradora de la mente abstracta. Su presunta separación es sólo presunción, no realidad. No es posible elaborar leyes sin abstraerse de los elementos concretos a los que se refieren. No es posible ser científico sin filosofar, ni filósofo sin discernir.

Para lograr el «conócete a ti mismo» que un día mandara esculpir Solón (legislador y primero de los Siete Sabios) en el frontón del templo de Apolo en Delfos, el hombre necesita de todos los recursos del conocimiento, sin descartar la parte que la ética (principios de conducta) tiene en la conformación de las humanidades. De ahí que nuestra SEMA no esté sólo constituida por hombres de letras, humanistas en sentido estricto –por aquello de la tradición previa a la aparición de la ciencia positiva–, sino por todos aquellos que perciben en el hombre un «animal » singular, un ser con «ánima» («rationalis naturae individua substantia» ‐S. Boecio, Contra Eutychen…, II) y se interesan por todo aquello que le afecta. 

La Sociedad Erasmiana de Málaga se presentó oficialmente el 6 de noviembre de 2008, en acto público presidido por el Excmo. Sr. D. Gonzalo Piédrola Angulo, presidente del Instituto de Academias y Reales Academias de Andalucía, y copresidido por los Excmos. Srs. D. Manuel del Campo y del Campo, presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, y D. Alfredo Asensi Marfil, presidente de la Academia Malagueña de Ciencias. Disertó D. Quintín Calle Carabias, presidente de la SEMA, sobre «Las musas de la música. Valor de un símbolo», discurso contestado por su Vicepresidente primero, D. Aurelio Pérez Jiménez. Cerró el acto el Sancti Petri Collegium Musicum, coro de la catedral de Málaga, regido por su director titular y fundador, Q. Calle Carabias. La prensa local se hizo generoso eco del evento.